¿Te gusta que el protagonista de una novela negra sea el criminal, o prefieres ponerte en la piel del detective?
Durante décadas, la novela negra nos enseñó a mirar el crimen desde la barrera. Estaba el detective (nosotros), el procedimiento (la investigación) y, al fondo, una sombra que encarnaba “el mal” y que, en muchas ocasiones, no descubríamos hasta el final. El criminal era casi una excusa para todo lo que ocurría.
Pero eso ya no funciona como antes. Hoy, vemos que el tipo que aprieta el gatillo o que planea la estafa ha dejado de ser una silueta indefinida para convertirse, en muchas ocasiones, en quien lleva el peso de la historia. El criminal es el protagonista de la historia. (¿No me crees? Pues conoce a Kathleen). Y no parece que vaya a ser una moda pasajera.
Del villano de cartón piedra al tipo que vive en el 4ºC
El auge del criminal como protagonista nace de una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿qué pasa por la cabeza de alguien en el momento exacto en que decide cruzar la línea? ¿Cómo alguien es capaz de algo así?
Este giro nos permite algo que el esquema clásico de “policía busca a malo” no puede ofrecer:
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Entrar en la lógica del delito: No se trata de aplaudirlo ni romantizarlo, aunque ese riesgo existe, sino de entender su coherencia interna. Porque el mal, aunque nos cueste admitirlo, suele tener sus motivos.
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Incomodar al lector: Obligarte a estar ahí, viendo cómo se toma la decisión, te quita la red de seguridad. Ya no eres el juez; eres el cómplice silencioso. Y tienes que ponerte en sus zapatos. ¿Qué harías tú en su lugar?
La novela negra actual ha aceptado que el crimen no es algo metafísico, sino cotidiano, racional y, a veces, peligrosamente cercano.
Entender no es perdonar (aunque a veces lo parezca)
Aquí es donde el thriller psicológico gana la partida al policial puro. Cuando el protagonista es el criminal, el interés se desplaza del “qué ha hecho” al “por qué lo ha hecho”.
Ya lo analizamos cuando hablamos de la psicología en la novela negra: la mente es el verdadero campo de batalla en la lucha entre el bien y el mal. En estas historias, la tensión no viene de una persecución, sino del deterioro moral del personaje, de sus justificaciones internas y de esa pendiente resbaladiza por la que todos podríamos caer, de encontrarnos en las circunstancias adecuadas. Nos gustaba creernos el héroe, pero, señores, el ser humano está más cerca de la maldad que de los actos heroicos.
¿Por qué nos atrae tanto el “malo”?
Sencillamente, porque el “héroe intachable” es un aburrimiento de c*****s. Los lectores actuales nos hemos cansado de los héroes intachables, el bueno buenísimo al que le falta la capa para salir volando hacia el ocaso. Ahora necesitamos personajes reales, complejos, con sus claros y oscuros. Personajes grises, como digo siempre. Porque nadie es blanco o negro.
El criminal funciona como espejo porque:
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Nos hace cuestionar nuestros límites: ¿Qué haría yo en su lugar? Esa es la pregunta que mantiene vivo el suspense.
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Refleja el fallo del sistema: En un mundo donde las instituciones a menudo no funcionan, las decisiones individuales (aunque sean delictivas) cobran un peso narrativo brutal. No es casual que este auge conviva con una desconfianza creciente hacia las instituciones, cuyas grietas oscuras logran que hasta los detectives de novela negra estén todos fatal de la cabeza.
El peligro de enamorarse del monstruo
Ojo, que no todo vale. Escribir desde el punto de vista del criminal tiene sus riesgos. Si el autor se pasa de frenada, acaba cayendo en:
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La romantización barata: Convertir al asesino en una especie de estrella de rock incomprendida. Pobrecito, en el fondo era bueno. No. ¿Por qué? No tiene que ser bueno, no ES bueno, es un criminal. Aunque lo entendamos.
Por tanto (en mi humilde opinión)
No es que nos hayamos vuelto unos sádicos fascinados por la violencia. Es que necesitamos entender la realidad más allá del blanco y negro que nos vendieron de niños. La novela negra no es Caperucita Roja, no es Disney ni un manual de buenos y malos, no está para tranquilizarte ni para decirte que los buenos siempre ganan. Porque a veces no es así. Porque, a veces, los malos son mucho más interesantes.
¿Qué prefieres: seguir la investigación del detective brillante o sumergirte en la mente de quien acaba de cometer un crimen?
Te leo en los comentarios.
¿Te interesa más un detective brillante, capaz de solucionarlo todo, o una historia que no ofrezca las respuestas más cómodas?
¡Cuéntamelo en los comentarios!



